“La ley del amor”: Esquivel, Laura; p. 201
"el anhelo de proseguir la búsqueda de un camino de desarrollo interno era mucho más fuerte que cualquier otro sentimiento"
"Dos guerreros Olmecas": Velasco Piña, Antonio; p.89
"una incesante búsqueda de un personal camino de desarrollo interno, un ir armando pieza por pieza un complicado rompecabezas""Dos guerreros Olmecas": Velasco Piña, Antonio; p. 93
Pruebas de Agua, Aire, Tierra y Fuego:
En el viejo Egipto de los Faraones esas cuatro pruebas se debían afrontar valerosamente en el mundo físico. Ahora el candidato debe pasar las cuatro pruebas en los mundos suprasensibles.
Prueba de fuego: esta prueba es para probar la serenidad y dulzura del candidato. Los iracundos y coléricos fracasan en esta prueba inevitablemente. El candidato se ve perseguido, insultado, injuriado, etc. Muchos son los que reaccionan violentamente y regresan al cuerpo físico completamente fracasados. Los victoriosos son recibidos en el Salón de los Niños y agasajados con música deliciosa. La música de las esferas. Las llamas horrorizan a los débiles.
Prueba de aire: aquellos que se desesperan por la pérdida de algo o de alguien; aquellos que le temen a la pobreza; aquellos que no están dispuestos a perder lo más querido, fracasan en la prueba de aire . El candidato es lanzado al fondo del precipicio. El débil grita y vuelve al cuerpo físico horrorizado. Los victoriosos son recibidos en el Salón de los Niños con fiestas y agasajos.
Prueba de agua: la gran prueba de agua, es realmente terrible. El candidato es lanzado al océano y cree ahogarse. Aquellos que no saben adaptarse a todas las variadas condiciones sociales de la vida; aquellos que no saben vivir entre los pobres; aquellos que después de naufragar en el océano de la vida rechazan la lucha y prefieren morir; esos, los débiles, fracasan inevitablemente en la prueba de agua . Los victoriosos son recibidos en el Salón de los Niños con fiestas cósmicas.
Prueba de tierra: nosotros tenemos que aprender a sacar partido de las peores adversidades. Las peores adversidades nos brindan las mejores oportunidades. Debemos aprender a sonreír ante las adversidades , esa es la Ley. Aquellos que sucumben de dolor ante las adversidades de la existencia, no pueden pasar victoriosos la prueba de tierra. El candidato en los mundos superiores se ve entre dos enormes montañas que se cierran amenazadoras. Si el candidato grita horrorizado, regresa al cuerpo físico fracasado. Si es sereno, sale victorioso y es recibido en el Salón de los Niños con gran fiesta e inmensa alegría.
Iniciación de uno de los niños héroes (Francisco Marquez) en el Bosque de Chapultepec, por parte del secreto guardian del bosque:—Pues entonces vayamos por donde usted dice —dijo Francisco, al tiempo que ayudaba a la anciana a subir al carruaje.
La carretela dobló a la izquierda y se encaminó a la entrada del bosque situada al oriente. La señora Micaela observó con atención la figura de la inesperada pasajera. Su larga y blanca cabellera enmarcaba un rostro ovalado y surcado de arrugas en el que destacaban unos grandes ojos negros de poderosa mirada. Su sencillo vestido de manta y su rebozo blanco constituían el ropaje usual entre las clases más humildes y contrastaban con sus movimientos y con su acritud, que revelaban distinción y refinamiento.
—¿Así que trabaja usted en el Colegio Militar? —inquirió la señora Micaela.
—Sí —contestó la anciana—, soy cocinera al igual que mi esposo; también tenemos un puesto de flores aquí en la entrada del bosque.
Tras afirmar lo anterior, la mujer expresó con solemne acento:
—Este bosque es sagrado y por ello hay una forma ritual de entrar en él.
—¿Y cuál es esa forma? —preguntó Francisco.
—Es necesario pasar ciertas pruebas, y muy pocos lo consiguen.
—Nosotros no venimos a eso —afirmó la señora Micaela, a quien tanto la anciana como sus aseveraciones le estaban resultando cada vez más extrañas.
Yo sí quiero pasar esas pruebas —manifestó Francisco con evidente determinación.
—¿Qué eso entraña algún peligro? —preguntó la madre.
—No precisamente —repuso la anciana—. Tan sólo que si la persona no pasa las pruebas estará en el bosque como un simple visitante, no formará nunca parte del mismo.
El carruaje había llegado a la entrada oriente del bosque, singularizada por varios puestos de flores. La anciana señaló a uno de los vendedores y dijo:
—Ahí está mi esposo, él tiene autoridad para designar a los candidatos a pasar las pruebas; si en verdad quiere intentarlo hable con él.
Sin decir nada, Francisco saltó de la carretela y caminó hasta donde se encontraba el vendedor de flores. Se trataba de un anciano de delgada figura y recia tez morena, cuyo rostro reflejaba serenidad y firmeza.
—Buenos días —saludó Francisco—. Vengo a inscribirme en el Colegio Militar y si mi escuela está en un Bosque Sagrado, nada me gustaría más que formar parte del mismo.
El anciano sonrió complacido y clavó en el aspirante a cadete una mirada que sin dejar de ser afectuosa era profundamente escrutadora. Francisco sintió que estaba siendo objeto de un examen que abarcaba la totalidad de su ser, pero permaneció inmóvil y sin siquiera pestañear. Transcurrido un rato el anciano habló:
—Eres valiente y ésta es una importante cualidad. El miedo paraliza a los seres humanos y los vuelve serviles e indignos; pero el valor solo no basta para producir frutos perdurables, requiere combinarse con otras cualidades igualmente importantes. Ojalá y ése sea tu caso.
—¿Puedo intentar pasar las pruebas para ser aceptado por el bosque? —preguntó Francisco.
—Sí, yo te acompañaré y trataré de ayudarte hasta donde me sea posible.
El anciano tomó al niño de la mano; juntos cruzaron el umbral y penetraron al bosque. Francisco volteó hacia donde se encontraba su madre a bordo de la carretela y con la mano que tenía libre le hizo una señal indicándole que lo siguiese. El vehículo se puso en movimiento y entró en el bosque, sin que en esta ocasión se negase a ello el caballo que tiraba del carruaje.
—Ya que quieres formar parte del bosque, debes conocer algo de su historia —afirmó el anciano mientras avanzaba al lado de Francisco, enmedio de largas hileras de altos árboles—. Este lugar es un espacio sagrado poseedor de mágicos poderes, aquí han ocurrido muchas cosas muy importantes para México desde hace milenios.
A poco de andar llegaron a un paraje donde brotaba un manantial de cristalinas aguas que se canalizaban a un acueducto.
—Esta es la principal fuente de abasto de agua de la ciudad de México -comentó el anciano— y así ha sido desde los tiempos de los aztecas, pero estas aguas pueden tener otra función aún más importante: la de purificarnos por dentro. Lograr esto constituye la primera de las pruebas, pues si no se alcanza una limpieza interior el espíritu permanece aletargado, la persona no podrá cumplir su misión en la vida y mucho menos alcanzar el privilegio de formar parte de este Bosque Sagrado.
—¿Y cuál es la forma de hacer esa prueba? —preguntó Francisco.
—Hay que tomar un poco de esta agua y ver los resultados que eso produce.
El niño unió sus manos en forma de improvisado recipiente, las introdujo en el manantial y tomó un sorbo de agua. Los efectos no se hicieron esperar. Primero sintió un mareo tan fuerte que se vio obligado a sentarse en el suelo. Su conciencia era un torbellino de emociones y a su mente acudían toda clase de recuerdos, particularmente los relacionados con hechos que implicaban fallas en su conducta. El inesperado confrontamiento con sus errores generó en su alma una doble y complementaria determinación: la de no volver jamás a incurrir en ellos y la de otorgarse a sí mismo el perdón por las faltas cometidas. Una sensación de plenitud y de alivio invadió su ser.
El anciano se había mantenido observando atentamente las cambiantes emociones reflejadas en el rostro del niño. Palmeándole afectuosamente la espalda le dijo:
—Te felicito, has pasado la prueba del agua y alcanzado la purificación interior. Ahora viene la prueba de la tierra, ojalá y también la pases.
Francisco se levantó y reinició la marcha. La carretela que conducía a su madre y a la esposa del anciano se puso nuevamente en movimiento. La señora Micaela había visto a su hijo detenerse a tomar agua del manantial y luego sentarse unos momentos, sin poder ni remotamente imaginar la trascendental transformación ocurrida durante esos instantes en la conciencia de Francisco.
No toda el agua que brotaba del manantial se canalizaba al acueducto que la conducía a la ciudad; una parte se reservaba en un pequeño lago situado junto al ojo de agua y era utilizada para regar los árboles y las plantas del bosque. Un rústico puente de madera, por el que podían circular personas y carruajes, permitía atravesar el canal que llevaba el agua del manantial al lago.
El anciano apuntó hacia el puente y expresó:
—Esa es la segunda prueba; tendrás que cruzarlo.
Francisco observó a su acompañante con extrañeza, sin poder comprender que se calificara como una prueba el hecho de atravesar aquel puente, pues era evidente que eso podía hacerse sin ninguna dificultad.
Al llegar junto al puente el anciano se detuvo y explicó: —Los puentes sirven para pasar de un lugar a otro y por ello simbolizan un medio de cruzar de nuestra realidad ordinaria a otra superior y sagrada. Del otro lado de este puente está la parte más sagrada del bosque, si al cruzarlo logras que tu conciencia perciba esa otra realidad, habrás pasado la prueba de la tierra.
Con paso lento y firme Francisco inició su avance en el puente. Desde el primer instante se percató de que hacer lo que pedía el anciano no iba a ser nada fácil. Lo que denominamos realidad es resultante de una valoración que hace nuestra mente de cuanto percibimos a través de los sentidos. Trascender este mecanismo de percepción y evaluación requiere de un esfuerzo sobrehumano, así como de una necesaria ayuda proveniente de otros planos. Tras dar unos pasos, el pequeño jalisciense se vio obligado a detenerse; era como si una invisible e impenetrable barrera se hubiese interpuesto en su camino. Francisco cerró los ojos e invocó la ayuda de la Virgen de Zapopan y de su difunto Padre. Al sentir que de lo más profundo de su ser brotaba una poderosa energía tuvo la certeza de que su plegaria había sido escuchada. Abrió los ojos y ya sin ninguna dificultad prosiguió su camino. A su lado marchaba el anciano y a sus espaldas el paso de la carretela en que viajaba su madre hacía crujir las viejas vigas de madera que sostenían el puente.
Al pisar la tierra después de haber cruzado el puente, Francisco tuvo la impresión de que ahora podía ver y sentir cuanto le rodeaba de muy diferente manera. Era como si de improviso hubiese alcanzado, aun cuando fuera de forma incipiente, la capacidad de establecer comunicación con los integrantes de los reinos mineral, vegetal y animal.
—Muy bien —exclamó el anciano con jubiloso acento—, ya aprobaste la segunda prueba; ahora viene la tercera, la del aire.
Al tiempo que hablaba, el anciano señaló con el índice un cercano paraje constituido por un claro en el bosque y cuatro enormes ahuehuetes. Al llegar al lugar afirmó:
—Estos ahuehuetes no sólo apuntan a cada uno de los puntos cardinales, sino que son los conductores en este bosque de los cuatro vientos, los que al combinarse dan origen y recogen la forma de todo lo que existe en este mundo.
Acto seguido extendió ambos brazos y con las manos unidas apuntó al ahuehuete ubicado en el oriente al tiempo que pronunciaba varias frases en náhuatl. Luego fue señalando a los otros tres ahuehuetes, pronunciando en cada caso diferentes frases en el idioma de Cuauhtémoc. Al concluir dio unos pasos atrás dejando a su acompañante justo enmedio del arbóreo cuarteto.
Francisco sintió de inmediato la presencia de cuatro poderosas y diferenciadas energías provenientes de cada uno de los ahuehuetes. Comprendió entonces la razón por la que la anciana cocinera había mencionado que el viento que le correspondía era el del oriente. En efecto, de ese punto cardinal provenía una fuerza que se integraba armónicamente a su naturaleza.
Una especie de suave remolino comenzó a sacudir las ramas de los cuatro árboles. El aire parecía danzar y mezclarse justo en el lugar en que se encontraba Francisco, el cual tuvo primero un sentimiento de rechazo y oposición a todas aquellas energías que por no provenir del oriente no sentía como propias, pero luego un chispazo de intuición le hizo comprender que esa no era la actitud adecuada, sino que por el contrario, debía "abrirse a los cuatro vientos". Fue una ardua tarea; el ego sustenta no sólo su seguridad sino su existencia misma en la engañosa visión de que constituimos individualidades separadas, sin jamás admitir que somos células interconectadas y formando parte del gran organismo del universo.
El anciano que iba guiando al niño debió concluir que éste había pasado su tercera prueba, pues afirmó complacido:
—Ya entendiste que todos y todo somos uno; sólo te falta una última prueba, la del fuego.
Al tiempo que afirmaba lo anterior, el anciano señaló con el índice a un ahuehuete ubicado a muy escasa distancia de donde se encontraban. El árbol era viejo de verdad, de sus múltiples ramas colgaban gruesos racimos de heno y tanto su anchura como su altura eran de excepcionales proporciones.
Con respetuoso acento el anciano explicó:
—Este árbol se llama El Sargento y es la máxima autoridad del bosque. Es él quien autoriza que este espacio sagrado pueda ser utilizado para cumplir sus funciones, que son principalmente las de constituir una doble puerta: horizontal y vertical. La puerta horizontal es la que permite entrar ritualmente al actual centro sagrado del país. Los aztecas estuvieron acampados varios años en las cercanías de Chapultepec, esperando a que el árbol les diera el permiso para cruzar esta puerta, recorrer el último tramo de su peregrinación, llegar al centro y fundar Tenochtitlan. La puerta vertical no se ha utilizado desde hace muchos siglos, desde la época de los toltecas, cuando algunos de sus máximos sacerdotes la empleaban para dejar el mundo y a través de ella llegar a otros planos. Fue lo que intentó hacer Moctezuma cuando supo de la llegada de los europeos, pero el ahuehuete no le dio permiso y tuvo que regresarse a enfrentar su destino. Anda, ve a ver cómo te va con El Sargento.
Con andar firme y decidido, Francisco avanzó hasta quedar frente al enorme ahuehuete. Primero tuvo la clara percepción de encontrarse ante un ser de edad inmemorial y poseedor de grandes poderes; acto seguido alcanzó una profunda comprensión de la esencial naturaleza de dicho ser. El Sargento pertenecía al selectísimo grupo de aquellos que alcanzan a convertirse en vida en habitantes del mundo de lo sagrado. Su apariencia exterior era la de un árbol, pero en realidad era una inmensa llama cuyo fuego sacralizaba a todo el bosque. El ahuehuete se había percatado ya de la presencia del niño y dejó caer sobre éste una lluvia de fuego en forma de hojas y de heno. Francisco permaneció inmóvil enmedio de unas llamas que no quemaban su piel, pero sí incendiaban su espíritu. El anciano se aproximó caminando pausadamente y afirmó: —Has logrado pasar las cuatro pruebas. Ven, te enseñaré el lugar más sagrado del bosque.
Seguidos siempre por la carretela, niño y anciano reanudaron su andar por entre los árboles, hasta llegar ante una roca de forma singular situada al pie del cerro. El anciano señaló a la roca y dijo con solemne acento:
—Es un altar sagrado, tal vez el más antiguo de México; es de otros tiempos, cuando existía una humanidad diferente a la de hoy en día.
Francisco observó con muda y respetuosa atención la roca, percatándose de que efectivamente tenía la forma de un altar. Una sensación de máxima sacralidad prevalecía en el ambiente de ese lugar. La existencia de fuerzas y seres invisibles se percibía con toda claridad. Tras permanecer un buen rato en silencio, el anciano se persignó y dijo:
—Bien, creo que ora sí ya puedes ir a inscribirte en tu colegio. ¿Me permiten que los acompañe? Yo también voy para alia, es hora de empezar a preparar la comida. Niño y anciano se subieron a la carretela y ésta ascendió desde la base hasta la cima del cerro, deteniéndose a la entrada del castillo. Dos rígidos cadetes montaban guardia y un tercero interrogaba y tomaba nota de cuanta persona entraba o salía del edificio. Al ver llegar a la carretela se aproximó a ella y saludo cordialmente a la pareja de ancianos.
“Los siete rayos”(Fragmento); Antonio Velasco Piña, pp. 20-26
Al igual que desde tiempos inmemoriales, hoy dia, secretos guardianes de lugares sagrados, en México y en todo el planeta, continuan iniciando a seres sedientos de verdad superior
Aquarius